Cuando era muy pequeña, a los 5 años de edad, iba al Jardín de Infantes de la Escuela "Alejandro Carbó" en Córdoba; siempre nos llevaba mi papá y nuestro paso obligado era la calle San José de Calasánz; en una esquina de esa calle, estaba la Farmacia del Barrio donde mis padres compraban los medicamentos y siempre, sentados en la vereda, (acera), había 2 muchachos en sus respectivas sillas de ruedas; los sentaban enfrentados.
Eran hermanos, me imagino que mellizos; yo no preguntaba mucho, era muy pequeña, miraba de reojo porque me impresionaba bastante hacerlo; eran deformes, tenían una cabeza grandota, mal formados y postrados en esa silla de ruedas. Siempre que pasábamos por ahí, allí estaban ellos con la mirada perdida y el rostro sin ninguna expresión.
Yo quedé huérfana de padre y madre a los 14 años; eso hizo que nos fuéramos del Barrio; no sé qué pasó con esos hermanos; tengo la vaga idea de que murieron antes y juntos, no sé bien.
Lo único que sé, es que esa imagen horrible, quedó registrada en mi mente de niña.
Será por eso que hoy pienso de esta manera, me pregunto: ¿vale la pena nacer para vivir deseando morir?
¿No es una irresponsabilidad enorme por parte de una madre, sabiendo que tiene posibilidades de engendrar un hijo con serios problemas y que vendrá al mundo para sufrir y desear morir?
Yo pienso que sí; hoy en día, la ciencia ha avanzado lo suficiente como para evitar estos casos tan graves que, de no hacerlo, serán un sufrimiento para el niño, su madre, su padre, su entorno, etc.
Graciela.